jueves, 8 de septiembre de 2011

Y hoy hubo función...



Brillos, plantas vengan hacia mí
yo también me dormí detrás
de la gran ciudad, vestido de gris
Y dejé mis zapatos para un arlequín
que una vez se llamó Fermín
y fue piel al fin, y fue piel al fin

Chimeneas no me engañen más,
quiero ver cielos de verdad,
sin humo ni ollín, quiero madrugar
con los grillos y las plantas y voy a gritar:
vivo aquí, yo nací después
de la gran ciudad, y hoy habrá función
para ver a un arlequín bailando sobre el sol
sobre el sol, sobre el sol...


Luis Alberta Spinetta
"Final" Almendra, 1969.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Leer volando

Kryptonita

Leonardo Oyola
Literatura Mondadori, 2011.

No suelo hacer comentarios de libros. Les resultará irónico, pero seriamente no sé hacerlo. No sé bien qué se debe decir para decir algo de un libro.
Pero hay libros y libros. Y con este parece que voy a hacer una excepción.
Veamos. Conocía al autor por recomendación de amigos y porque me encargué de la producción gráfica de una de sus novelas, Bolonqui, que publicó Grupo Norma en el 2010. Pero era tal el “bolonqui” en el que la editorial se encontraba por ese entonces, que hice las valijas y me marché justito unos días antes de que el ejemplar llegara de imprenta, por lo que me quedé con las ganas de llevármelo a casa. (Por supuesto el ejemplar sí llegó a la feria correspondiente, en el momento justo, así que mi misión técnicamente estaba cumplida, pero el libro sin leer).


Mis amigos editores ya me decían que el autor se las traía. Se escuchaban elogios y recomendaciones enfáticas. Pero sus libros, entre tantos, aún me esperaban por ahí, en los estantes de mis amigos, en otras valijas. Leer a Leonardo Oyola seguía anotado en mi lista invisible de cosas sorprendentes por hacer.
Hasta que otra vez me tocaría encontrarme con un nuevo libro suyo, un poco anticipadamente también. Y es que en esta etapa trabajo editando el boletín de novedades de otra editorial, que ahora publicaría su nueva novela, así que un mes antes de que Kryptonita viera la luz, yo ya leía unas pocas líneas para seleccionar los párrafos que la presentarían en sociedad entreviendo que algo muy poderoso estaba por llegar a las librerías y a mis manos. Brevemente puedo decir que cuando leí el alias del protagonista intuí que sería una historia fuera de lo común y supe que la buscaría y que la leería (y casi les diría que hasta supe que me encantaría). Pero como tantas otras cosas del orden intuitivo que me suceden, no puedo explicar muy bien por qué.

Y entonces llegó el día.
Un sábado de sol me encontré con Leonardo Oyola y sus Súper Amigos y no pude dejarlos en todo el día. Interrumpí en la página 105 para ducharme, y mientras me duchaba tuve la certeza de que había interrumpido solo para no terminarla. Para que dure más. Ese día dejé de hacer mis otras cosas para solo leer este libro que ardía entre mis manos. Y eso es todo lo que les puedo decir.
No voy a hablar de estilo de escritura, de organización textual, de psicología de los personajes ni nada de eso que seriamente no sé hacer. Porque si tuve ganas de escribir algo sobre Kryptonita es para hablar de sentimientos, eso que me sale bastante mejor.
Complicidad desopilante, lealtad, sonrisas y tristezas que salen a bailar, valentía en estado puro, aventuras, códigos sagrados: Vidas Súper Poderosas.


Decir que un libro te hizo reír y llorar de un párrafo a otro puede ser un lugar común. Pero si es un libro fuera de lo común, entonces no hay lugar para nada común. Es que es la sonrisa más tuya. Son tus propias lágrimas las que lloran. Y a eso no hay con qué darle.
Decir que un libro fue escrito con poesía es decirlo casi todo. Decir que un libro te saca de la realidad para devolverte mejor parado es decir una perogrullada, pero una muy valiosa.
Decir que te enamoraste de un personaje es un disparate, eso dejénlo por mi cuenta.


Vayan a leerla. Salgan a encontrarse con este libro. Volarán.
Ojalá puedan hacerlo, para entender lo que trato de decirles.










sábado, 3 de septiembre de 2011

César Vallejo, en prosa y en verso

Cuando un órgano ejerce su función con plenitud, no hay malicia posible en el cuerpo. En el momento en que el tenista lanza magistralmente su bola, le posee una inocencia totalmente animal. Lo mismo ocurre con el cerebro. En el momento en que el filósofo sorprende una nueva verdad, es una bestia completa. Anatole France decía que el sentimiento religioso es la función de un órgano especial del cuerpo humano, hasta ahora desconocido. Podría también afirmarse que, en el momento preciso en que este órgano de la fe funciona con plenitud, el creyente es también un ser desprovisto a tal punto de malicia que se diría que es un perfecto animal.

Texto manuscrito con tinta, corregido a lápiz. Primera versión en prosa publicada con el título "De Feuberbach a Marx" en 1973, en Contra el secreto profesional, p.13











EN EL MOMENTO EN QUE EL TENISTA




En el momento en que el tenista lanza magistralmente
su bala, le posee una inocencia totalmente animal;
en el momento
en que el filósofo sorprende una nueva verdad,
es una bestia completa.
Anatole France afirmaba
que el sentimiento religioso
es la función de un órgano especial del cuerpo humano;
hasta ahora ignorado y se podría
decir también, entonces,
que, en el momento exacto en que un tal órgano
funciona plenamente,
tan puro de malicia está el creyente,
que se diría casi un vegetal.
¡Oh alma! ¡Oh pensamiento! ¡O Marx! ¡Oh Feuerbach!



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¡Oh, Vallejo! (digo yo)

viernes, 19 de agosto de 2011

Dígalo bailando



"No hay vuelta atrás, hay vuelta más, no puede ser lo mismo..."



Varias artistas, Lucas Marti

Hoy: Convoy (Daniela Herrero)



jueves, 18 de agosto de 2011

¿Para qué sirve una almohada?

para Mica, que probó.







Creo que llegó el momento de desplegar aquí mi teoría de las almohadas. Y es que yo creo que una almohada no es cualquier cosa. Una almohada es tal vez lo más especial o lo más propio que una persona puede tener. Sí, sí ya sé, me van a decir que es algo material, que las mejores cosas de la vida no son cosas… Pero metámonos dentro del universo de las cosas: los desafío a pensar en algo que los conozca más que su propia almohada. Y ahí nomás algunos me dirán el mate o la taza de café que se toman cada mañana, otros quizás digan que su objeto de compañía más cercano, más íntimo, es su bata de baño o sus pantuflas; y habrá los que sientan que su teléfono (el inteligente) es su mejor confidente.
Pero para mí la almohada es algo más. Y es tal vez lo que la almohada sabe. ¿Qué cosa nos hace mejor compañía? ¿Qué objeto inanimado nos banca más? ¿A qué nos abrazamos invariablemente en noches de insomnio, descanso o diversión? ¿Quién vive más de cerca nuestra vida horizontal?
Y si ya los convencí, ahora les agrego lo esencial: mi teoría dice que cuando las cosas se ponen incómodas, cuando no se sabe por dónde seguir, cuando no se puede descansar… hay que cambiar de almohada. Y no es una manera de decir. No es lo mismo que cambiar ninguna otra cosa.

No es que cambio mi almohada en cada crisis. No estamos hablando de crisis, eso es solo cambio de dirección; y hay almohadas muy buenas en el mercado que las acompañan muy bien (esto por supuesto lo tengo por demás comprobado). La teoría funciona solo cuando se trata de cansancios definitivos, de momentos en que no se puede hacer otra cosa más que cambiar de almohada, cuando no existe ninguna otra solución. Y es que no la hay. Esto es para mí lo sagrado de la teoría. Lo he recomendado a ciertos amigos y después de decirme (o no decirme) que estoy loca, algunos se tentaron y disfrutaron de una noche nueva, de una experiencia reveladora.

Prueben, yo sé lo que les digo.

Ah, no quiero olvidarme, el paso fundamental que me llevó a comprobar esta teoría es el suspiro que sube desde los pies y sale por la boca haciendo un ruidito socarrón en el preciso instante en que logramos liberarnos de la almohada vieja.

viernes, 12 de agosto de 2011

Todo está en el cuerpo, las respuestas también.




Más dibujos y más respuestas aquí ©Silvia Vergili

jueves, 11 de agosto de 2011

Mi credo






Creo en el espíritu lúdico
la santa cosquilla catártica
la comunión de los cuerpos
el ardor de los abrazos
la excitación de la carne
la risa perdurable
Y así.






dibujos: ©Silvia Vergili