domingo, 9 de diciembre de 2012

Cosquillas en los pies


Y otra vez voy a hablar de un libro. Porque a veces al hablar de una lectura se puede hablar de otras cosas. Porque leer es vivir. Y vivir, a veces, es hermoso.
Leí esta mañana la nueva novela de Antonio Santa Ana. Se llama Ella cantaba (en tono menor) y fue publicada recientemente por Editorial Norma. Podría contar que estaba esperando con muchas ganas el momento de leerla, pero eso no importa. Podría contar que la leí mientras desayunaba luego de una noche de bailar hasta la madrugada con amigos, pero no sé si eso cambia algo. Podría decir que la novela está escrita con la música del alma pero no tengo tan claro lo que eso significa o es muy excesivo. Podría decir abreviadamente que es una historia de amor, pero ¿qué historia no lo es? Podría decir entonces que es una historia de amistad y búsquedas, de verdades a la cara, de comienzos y desencuentros pero no estaría diciendo nada.
Entonces no voy a decir nada. Léanla y me dicen qué les dice.

Pero sí quiero registrar aquí una lista breve e inevitable de lo que sentí mientras leía:
·         Cosquillas en los pies
·         Ganas de cantar
·         Ganas de ser chica
·         Ganas de ser grande
·         Ternura en alto vuelo
·         Ganas de escribir 
·         Ganas de viajar
·         Certeza inmensa de estar viva
·         Pureza
·         Alegría sutil y profunda
·         Ganas de que otros la lean y sientan
·         Ganas de hacer esta lista
·         Ganas

Y una cosa más que les puede servir de pista: las cosquillas aparecieron hacia la mitad de la novela y se intensificaron bastante en los últimos capítulos, pero no desaparecieron sino hasta la última línea, cuando me levanté del sillón, caminé unos pasos, y pude soltar unas lágrimas muy acertadas.

Podría decir que hay una canción.
Podría decir que vi el mar.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Grillos en los ojos

Salí en busca de lo que no es
y me encontré de nuevo con tus ojos
es inútil explicar lo imposible pero existe
son tus ojos.

domingo, 28 de octubre de 2012

La sola necesidad

La noche la bici los ritmos
la casa sola es otra casa, es otra cosa.
Acomodamientos y extremos
¿y qué si todo fuera como unir los puntos?

necesito abismarme
ahora mismo no alcanzo

viernes, 7 de septiembre de 2012

sábado, 4 de agosto de 2012

Queremos tanto a Gorodischer


Las señoras de la calle Brenner
Angélica Gorodischer
Emecé, 2012.



Esta semana leí Las señoras de la calle Brenner, de Angélica Gorodischer, que es una escritora que me cae tan bien que a esta altura ya es "la Goro", como le dicen muchos. Su lectura me llevó dos viajes en subte: a la ida me pasé; a la vuelta no pude porque me bajo en la última estación, así que lo rematé con un café con leche en un bar esa tarde y un leve rato al lado de la estufa al día siguiente cuando volví a casa con los pies mojados.
Una novela que es también un mapa o un paisaje. O un descubrimiento que cada lector sabrá de qué.
Y es que cuando quiero explicar por qué me gusta tanto su escritura me sale: "Es que escribe para mí". Vaya mapa. Será por eso que no puedo dejar de leerla.
Se las recomiendo, esta, su última novela o cualquier otro libro de ella que por suerte andan dando vuelta unos cuantos por ahí. Les aconsejo fervientemente encontrarse con esta señora una tarde de estas. Llueva o truene. Llevo varios leídos y compartidos; y cada uno tiene una esencia, una simpleza o una fuerza que me dejan encantada y con ganas de más.
Será, como me dijo alguien que comparte este gusto, que "Gorodischer te hace la vida más alegre". A ciencia cierta, no sé si dijo alegre o feliz, pero yo me quedo con esta alegría que siento ahora mientras repaso los párrafos para transcribir aquí. ¿Se le puede pedir algo más a un libro?

Alegría entonces, y más Gorodischer:



"—Es la luna —le dijo a Zelma.
Zelma hizo que sí con la cabeza: sí, sí, la luna.
Pero el círculo blanco desaparecía de a poco, primero los bordes, después hacia el centro hasta no ser más que un punto, ya nada.
    Sin embargo, ausente sin remedio, abuso de ese brillo que iba muriendo, eso de la luna tenía algo de aventura, de gesto desconocido venido de un mundo más perfecto que éste en el cual se vivía. La luna, vaya con la luna: blanca sombra de lo invisible, voz perpetua silibante del cielo, todas atribuciones que ni Alaíde ni Zelma podrían haber nombrado, la luna las dejaba un poco menos solas, no más abrigadas ni amparadas, pero sí más unidas al paisaje, más de acuerdo con todo lo que es básico y necesario para seguir viviendo, agua, aire, el verde olvidado que podría haber sido el de las plantas ¿una enredadera? La luna frágil y perecedera les daba ánimo, les permitía respirar mejor."




"Silenciosa, solapadamente, sin dolor y sin obstáculos se iba convirtiendo en otra, alguien que era ella pero no lo era, alguien que pensaba sin palabras pero por qué no lo habré descubierto antes; alguien torpe ya que era como naciente, alguien poseedora de una infinita sabiduría porque se movía dentro de su piel como una cobra, dispuesta a lo que se le acercara, curiosa, itinerante, infinitamente maleable pero protegida contra todos los males del mundo porque tenía a quien proteger. Centinela de sí misma, no le importaba saber qué era eso que le pasaba y le pesaba, pero sí le importaba moverse en un mundo que se le antojaba nuevo, que se le aparecía denso y transparente, difícil de atravesar, desafiante, al que ella sola tenía que sostener para que no rodara envuelto en sangre. Su sangre no fue una sorpresa: sabía aunque no supiera cómo ni desde cuándo lo sabía."




"Mi vida empezó aquel día entre las ruinas. No tengo recuerdo alguno de lo que puede haber sucedido antes. No tuve un pecho del que mamar o tal vez lo tuve pero lo he olvidado. Tuve una hogaza y un trago de agua. Debo haber tenido padre, madre, casa, hermanos tal vez y todo lo perdí de modo que tuve que volver a inventarlos y así fue, por capricho, por voluntad, por necesidad. Puse la palabra madre antes que cualesquiera otras y hubo para mí una madre que nunca tuvo palabras pero que me tuvo a mí. Que nos aceptáramos fue lo que logró una ciudad nueva para las dos. Que aprobaras mi guía y yo reconociera tu protección, nos dio a las dos el vínculo necesario para seguir viviendo. Nos dio un nombre para cada una, nombres que flotaban en una tierra temblorosa, nombres que buscaban en dónde apasionarse por una vida, nombrarla, darle un sentido. No tuve amor, es cierto, salvo el amor de mi silenciosa madre, y no me importó hundirme en lo que las almas buenas llamarían ignominia, con tal de sobrevivir, y sobrevivir era en ese momento salir de la ciudad destruida para que ella no nos destruyera a nosotras..."




Léanla toda, vale la pena.





jueves, 26 de julio de 2012

Hiperemotividades

La muerte es. La muerte está. La muerte estalla. Y cuando nos estalla ahí nomás, en las narices, ¡vaya si nos pasa de cerca! Hay gente que está muy muerta. Hay gente que está cada vez más muerta. Hay seres que se van. Y hay otros que nos quedamos, los despedimos, los pensamos, nos preguntamos.

Se me mezcla todo cuando quiero repasar la sesión de hoy. Quería hablar de mi hermana M. más que de nadie. Cualquier cosa me hacía acordar a ella. Es que hoy hablar de mi hermana era hablar de mí misma. Una hermana es un yo con el que nos peleamos desde chiquitos, que es desde siempre: por los juguetes, por la ropa, por la atención de los padres, por las cosas del mundo. Una hermana es un otro tan diferente y tan parecido que una no sabe dónde termina una y dónde empieza la hermana. Una hermana es un yo pero con otros zapatos.
Una hermana es un espejo muy verdadero y muy cercano. ¿Una hermana es también un límite? ¿Y una hermana muerta? Una hermana muerta es una parte de uno que nunca más vivirá. Un hermano muerto es un espejo que ya no funciona. Un espejo opaco, o un piedra más bien, donde uno ya no puede mirarse. No se ve nada. Ni sombras, ni reflejos. No anda el espejo, no hay nadie.
Cuando un hermano se muere una parte tuya lo busca siempre. Como si te arrancaran un brazo, bah, no sé, nunca me arrancaron un brazo pero creo que si lo hicieran no me daría por vencida y buscaría alguna solución; me pondría uno de plástico, por ejemplo. Pero no se puede reemplazar a un ser humano, menos a un ser hermano. Mucho menos a dos.

Cuando era chiquita se murió mi hermana chiquita. Cuando fui más grande, se murió mi hermano más grande. Tengo, por suerte, una buena reserva de hermanos, más brazos que me abrazan y a quienes abrazo, quiero y siento con toda el alma. Con quienes vibro en sus emociones más profundas, a quienes amo y con quienes me peleo con la misma intensidad. Bueno, cada vez me peleo menos (porque cada vez me peleo menos conmigo misma o con menos partes de mí). A veces siento que mis hermanos son el todo, pero ¡cómo cuesta armar el rompecabezas cuando faltan piezas esenciales! Da bronca no poder ver el paisaje completo. No están todas las piezas en el mismo momento. Así no hay rompecabezas que funcione.

Porque una cosa es un lío, y otra cosa es un lío incompleto.

domingo, 1 de julio de 2012

Literatura


"Todo comienza con ciertos relámpagos de vida de otros que me llaman la atención porque en algún punto, todavía desconocido, se vinculan con algo muy propio. Después viene un arduo acto de magia: lograr que lo que veo se vuelva visible para otros. Lo que me atrae: escenas que presentan un ligero desacomodo/ disfunsión/corrimiento de lo habitual, o que contradicen algún preconcepto que hasta entonces yo tenía sobre ciertas cuestiones. No me interesa lo que escandaliza ni tampoco lo verdaderamente extraordinario, me atrae más lo que es apenas "un poco extraño", lo que se esconde bajo las apariencias, lo extraordinario o lo oscuro que habita en la vida de todos y que solo con mucha atención se deja, a veces, ver. [...]
Hay una frase de Demócrito de Abdera que siempre recuerdo: todo está hecho de azar y necesidad, porque si bien el comienzo es azaroso, luego lo que me guía y empecina es la sospecha de que ahí se esconde una verdad personal."

MARÍA TERESA ANDRUETTO, en Revista La Balandra N°3 "¿Imaginación o experiencia?"