sábado, 27 de noviembre de 2010

Cajas

Dicen que hay gente que vive “en una cajita de cristal”. En casa las cajas no eran de cristal, más bien eran de cartón para que no se vea lo que había dentro. Si te asomabas, si se te ocurría levantar un poquito la tapa para espiar, veías que estaban llenas de dolor, creo que por eso nadie las abría. Y entonces tu asombro, tus preguntas, tus sensaciones las metías en otra caja, para parecerte a todos. Para tener tus cajas en orden.
Fuimos creciendo y metiendo todo en cajas. Y para entendernos nos clasificamos mutuamente: el callado, la ordenada, la rebelde, la buena, la abanderada, la mejor del grado. Nos etiquetamos y nos veíamos tan desde afuera, tan prolijitos. Nos sentíamos impecables. Intocables. Intocables, cuando el dolor nos tocaba por todos lados. No supimos abrazarlo, elegimos no “enchastrarnos” de dolor y de pena. No supimos cómo hacerlo, cómo decirlo, cómo hablarnos. Nos metimos un poco adentro de la caja, para no sufrir tanto.

Y cada nuevo dolor, nos hizo abrir la caja anterior. Pero no sé si dejamos caer la estantería. Revisar, reclasificar los duelos. ¿Cómo era esto de llorar? ¿Llorar por quién? Llorar por todos. ¿Cómo era esto de no volver a ver a alguien nunca más? ¿Y qué nos queda?
Algunos se fueron, muchos nacieron para hacernos acordar que la vida sigue. Los que nos quedamos cada vez estamos más juntos. Y algo fuimos entendiendo. Algo fuimos dejando morir con nuestros muertos. Y crecimos tanto, tanto y tan juntos, tanto y tan separados. Creo que crecimos tan de golpe, que cada uno hizo con sus cajas cosas diferentes. Yo las estoy abriendo, de a poquito, a ver qué pasa.
Yo siempre elegí escribir. Ahora escribo queriendo aprender a hablar. Para poder hablar de esto pero sobre todo para aprender a hablar de muchas otras cosas: de las cosas que no se guardan en cajas. Porque en una caja se guardan cosas valiosas pero nunca puede guardarse el alma.

Hay una luz en el dolor que no me deja de brillar adentro.

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